viernes, 7 de diciembre de 2012

SE DETECTAN FALLOS EN EL OPERATIVO DEL CONTENEDOR EN EL PUERTO DE BUENOS AIRES

 Creyeron que era un incendio y el agua agravó la situación. Fallas también en las calles. Las Fotos en HD
Salvo en el área sanitaria, la respuesta de las fuerzas de seguridad y de las autoridades nacionales y de la Ciudad ante el derrame tóxico, fue una cadena de desaciertos, potenciada por la descoordinación .
La Ciudad y la Nación –a través del Ministerio del Interior– tienen firmado un protocolo que establece la participación de cada una de las fuerzas en cada tipo de eventos que pueden ocurrir en el distrito federal. El puerto de Buenos Aires depende de la Administración General de Puertos, federal, y cuenta con un protocolo de manejo de sustancias peligrosas. Eso, en teoría.
 En los hechos o, al menos, en lo ocurrido ayer, surgen varias preguntas. ¿En el puerto no hay un área especialmente protegida para los contenedores con sustancias peligrosas? ¿No están bien identificados? ¿No hay a toda hora personal idóneo que sepa cómo actuar en caso de accidente?
Parecería que no. El personal de Prefectura y de la Policía que intervino, abrió el contenedor –lo dijo el secretario de Seguridad, Sergio Berni–, sin saber qué había adentro . Vio que salía humo, supuso que era un incendio y comenzó a tirar agua. Fue como echar nafta al fuego, ya que el thiodicarb es una sustancia que, cuando entra en contacto con el agua o con cierto porcentaje de humedad, elimina el principio activo en forma de gas. Así, lo que había sido una fuga, se convirtió en una nube tóxica.
Los protocolos internacionales establecen que, cuando hay un derrame químico con posibilidad de nube tóxica, la población debe quedarse adentro, cerrar puertas y ventanas, y apagar los aparatos de aire acondicionado.
Y esa fue la primera comunicación que emitió la Subsecretaría de Emergencias de la Ciudad –también por Twitter y por Facebook–, reforzada por otra en el mismo sentido del Ministerio de Salud de la Nación.
 Esto, sin perjuicio de que, cuando aún no se sabe qué ocurre, deba evacuarse la zona del derrame, que en este caso se estableció en un radio de 900 metros. Esto implicó las terminales portuarias, los edificios de Prefectura y Gendarmería, y la estación de ómnibus de Retiro.
Sin embargo, también circuló la contraorden de evacuar los edificios de la zona donde se sentían los efectos de la nube tóxica, con lo que la masa de personas lanzadas a la intemperie fue creciendo . Y al mismo tiempo se interrumpió el servicio de trenes de las tres líneas que llegan a Retiro, el de la línea C de subterráneos en todo su recorrido, y los tramos céntricos de las líneas B y D. Además, se desvió el tránsito en toda el área de Retiro.
De este modo, miles de personas fueron obligadas a deambular cientos de metros por las calles, respirando aire contaminado que olía como gas, y sin saber qué estaba sucediendo.
Sin trenes ni subtes, l as largas colas forzaron a la gente a permanecer expuesta aún por más tiempo. Sólo por azar no hubo nadie que, temiendo una gigantesca explosión, entrara en pánico y se lo contagiara a la multitud.
El colmo se dio cuando llegó a Retiro la última formación de la línea C. De inmediato los pasajeros sintieron las molestias; pero cuando quisieron salir, se encontraron atrapados porque las persianas ya estaban bajas . Obviamente, tampoco sabían qué estaba pasando.
Desde la Subsecretaría de Emergencias de la Ciudad afirmaron desconocer quién ordenó frenar trenes y subtes, y quién organizó la recirculación del tránsito.
 Pero no es la exposición a múltiples riesgos lo que hace tan vulnerable a Buenos Aires, sino la carencia de sistemas y/o funcionarios eficaces para atender las emergencias, lo que incluye una comunicación adecuada y permanente, que permita a los habitantes ser conscientes de los riesgos. Sin eso, se seguirá tropezando con las mismas piedras.
EA2CPG