lunes, 21 de mayo de 2012

5.000 EVACUADOS EN ITALIA POR EL TERREMOTO

"Esto es peor que la guerra". Lalla Bonan, 85 años, era una joven adolescente cuando los estadounidenses bombardeaban Finale Emilia, en medio de la llanura Padana (noreste de Italia), para que los nazis se retiraran del país. Hoy, décadas más tarde, una melena cándida le enmarca el rostro arrugado y cansado. "Tuve más miedo por el terremoto que por las bombas, tanto pavor que ya no puedo encontrar la paz", murmura, tumbada en la cama plegable de una de las tiendas que el Ministerio de Interior ha enviado para los 5.000 desplazados del terremoto que el domingo sacudió la zona. Su hija, Grazia Ferraresi, de 51 años, se sienta al lado y le lleva a la boca un tenedor cargado de macarrones.
Los que no han encontrado sitio en las tiendas de ocho camas, duermen bajo la alta bóveda del centro deportivo. A mediodía, la estructura se transforma en un gran refectorio en el que se distribuyen comida y agua. El olor a salsa y humedad es penetrante. Los ancianos entornan la mirada o sonríen a los voluntarios que les escuchan. Mujeres tapadas por el velo islámico persiguen a niños que corretean alegres, hombres cansados por las noches en vela intentan echarse una siesta en medio del caos.
Marisa Piva y su marido, Riccardo Lori, 76 y 77 años, esperan pacientes que alguien les lleve su plato de pasta con salsa de atún (el cocinero Franco Naselli preparó 40 kilos). Viven en el casco histórico y desde aquella terrible noche de prisa y susto no han podido volver a pisar su casa. "Cogí las medicinas para la tensión, las gafas y el chubasquero y nos lanzamos a la escalera. ¡Qué miedo!, ¿verdad Riccardo?" El marido se tapa los ojos con la mano. Bajo la silla de jardín que es su sofá desde hace dos días, guarda una bolsa de supermercado: "Lo metimos todo aquí y ahora es todo lo que tenemos. En casa, los muebles se rompieron, la televisión se hizo añicos. ¡Qué tristeza!", resopla.
Los ingenieros de Protección Civil y los Bomberos tienen que visitar centenares de edificios evacuados, uno por uno, para comprobar su estabilidad. Nadie se atreve a hacer previsiones sobre cuánto tiempo podría durar la operación, ya que la situación es complicada por una lluvia ligera pero persistente y sobre todo por los continuos temblores que obligan a repetir los controles. Las réplicas son ya más leves. Los vecinos se miran, asienten moviendo la cabeza y se aprietan las manos unos a otros, pero han dejado de huir. El Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología (INGV) ha registrado más de 170 sacudidas. Dos de ellas han vuelto a superar el umbral de los 5 grados de la escala de Richter. Escuelas, oficina de correos y todos los edificios públicos permanecen cerrados en el área, una franja de unos 40 kilómetros de largo, por carreteras rectas y planas, que incluye decenas de poblaciones salpicadas de restaurantes, fincas rurales, pequeños chalets, cultivos, granjas y chimeneas industriales que nunca se apagan.
Un camión de bomberos aguarda en la entrada del pueblo. Medio centenar de vecinos hace cola bajo un bosque de paraguas: "Estamos aquí para apuntarnos en la lista de casas que hay que comprobar", dice Renato Pironi, de 65 años. Habla sin contener los bostezos. Lleva dos noches sin poder dormir. "Nosotros dos, mis hijos y mi suegra de 92 años -cuenta su mujer-; los cinco hemos dormido en el coche. Menos mal que tenemos tres y al menos hemos estado cómodos. En casa se movió todo. El armario, de cuatro metros, se desplazó unos 20 centímetros de la pared. Se rompieron las botellas. No, no -repite sacudiendo la cabeza con energía-. Mientras sigan estos temblores no voy a dormir bajo un techo".
Los técnicos están estudiando la tipología de grietas y la dinámica de los derrumbes para entender de qué tipo de terremoto se trata. Este rincón de la muy sísmica Italia está clasificado entre las áreas de bajo riesgo. Y solo desde 2003. Antes ni estaba en el mapa del INGV. No son raros los temblores leves pero hay que remontarse a 1570 para encontrar uno tan potente. Mañana, en Roma, el Consejo de Ministros declarará el área zona catastrófica, el paso previo al envío de ayudas económicas.
El casco histórico de Finale Emilia está cerrado con cintas de plástico rojo y blanco. Voluntarios de Protección Civil vigilan los accesos. Para entrar, hay que ir acompañado por un bombero y protegido por un casco, caminar por el medio de la calzada y evitar las callejuelas más estrechas. Persianas bajadas, ventanas cerradas, soportales mudos... hasta la fuente en la plaza está apagada. Parece el escenario de un cuadro surrealista de Giorgio De Chirico, vacío e irreal. La mayoría de las viviendas particulares, de dos plantas, han aguantado el seísmo y las réplicas; lo que preocupa ahora es la caída de tejados. Los edificios más altos, en cambio, se han desplomado llenando las calles de montañas de ladrillos rojos. Es el caso de las iglesias, del Castillo (que perdió un bastión) y de la Torre de los Modenesi (o del Reloj), símbolos del pueblo y de su pasado glorioso, cuando el río Panaro era navegable y Finale era un importante puerto comercial entre Ferrara y Módena.
El domingo a primera hora de la mañana, Matteo Mantovani, trabajador de 29 años, sacó del armario su uniforme de bombero voluntario. Ahora, acompaña a los vecinos a recuperar algunos objetos personales de sus pisos. Massimo Braida y su hermano Gherardo van a recoger un par de zapatos. "Un panorama espectral. Este desierto el lunes por la mañana te pone la piel de gallina". Tras solo diez minutos de incursión en la zona roja del pueblo -de la mano de Matteo- los hermanos vuelven a su auto caravana, aparcada en las afueras. Sus mujeres están cocinando pasta con tomate y carne picada: "El carnicero del pueblo durmió aquí al lado y nos regaló toda la carne que tenía en la tienda. Como no pudo abrir...". Anna, una de ellas, explica: "Usamos esta auto caravana para las vacaciones pero en este momento es perfecta: cuando alguien se da la vuelta en la cama, todo se mueve, así ya no piensas que ha sido un terremoto y estás más tranquilo".
Además del carnicero, muchos comerciantes y empresarios valoran sus pérdidas. Las tres industrias cuyas naves se desplomaron, causando la muerte de cuatro obreros, están clausuradas por la Fiscalía. Fueron construidas hace 20 y 10 años. Es decir, antes de 2003, cuando empezó a ser obligatoria la certificación antisísmica. Las empresas agrícolas son las que sufren más daños: 200 millones de euros según las estimaciones de la Coldiretti -principal cooperativa del sector- entre derrumbes y daños en establos, invernaderos, maquinarias y animales heridos, asustados o fallecidos bajo los escombros. La zona es puntera en la producción de parmesano, una de las principales fuentes de ingresos para las cooperativas locales. "Se perdieron más de 400.000 quesos de Parmigiano Reggiano y Grana Padano, -dice la organización- que cayeron al suelo porque cedieron los estantes donde se secan. Además, las vacas que se salvaron están traumatizadas, lo que va a tener efectos sobre la cantidad de leche que produzcan".
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